
¿Qué tendría que haber pasado antes para que esto no llegara a suceder?
Esta semana ha vuelto a saltar a los medios un caso de agresión entre menores: varias niñas agrediendo a otras en Moguer (Huelva). Como suele pasar, el foco se ha puesto en si habrá o no consecuencias penales, y en la reacción de una madre defendiendo a su hija.
Como profesionales, creo que nos debemos hacer otra pregunta. No «¿qué castigo merece esto?», sino ¿qué falló antes?
No voy a valorar a las familias ni a las menores de este caso. No tengo el contexto completo y no me corresponde. Pero sí creo que podemos usar estos casos para señalar los fallos que se repiten una y otra vez, aunque cambien los nombres de los pueblos.
1. La prevención no puede empezar cuando el vídeo ya está circulando.
Cuando un caso llega a este punto -agresión física, grabación, difusión- es que ya ha fallado todo lo anterior. La detección temprana en aula, el trabajo emocional desde pequeños, la empatía enseñada con el ejemplo, no con el sermón, entre otros.
El acoso casi nunca aparece de la nada. Suele tener detrás un historial de señales pequeñas que no se atendieron a tiempo, porque seguimos reaccionando en lugar de prevenir.
La prevención real empieza mucho antes de los 12 años: en cómo se acompaña emocionalmente a un niño o niña desde la primera infancia. Si aprende a identificar lo que siente, y no esconderlo. Si es escuchado en casa… Cuando esto falla en el hogar, la escuela llega tarde, y sola no puede compensarlo.
2. La alfabetización digital sigue siendo la gran asignatura pendiente.
Una parte especialmente dolorosa de este caso es la difusión del vídeo. No hubo solo una agresión física. Hubo una segunda agresión: la exposición pública y esa, muchas veces, duele más que la propia paliza.
Esto no es solo un fallo de las menores que grabaron o compartieron el contenido. Es una fallo colectivo de acompañamiento en el uso de las redes, justo en la etapa donde se convierte en el escenario principal de la vida social.
No se trata de prohibir el móvil sin más, se trata de acompañar su uso.
Hablar de lo que ven, comparten y publican, mucho antes de que tengan edad para hacerlo sin supervisión. Si una menor graba y difunde una agresión sin percibir la gravedad de lo que hace, ahí hay un vacío de acompañamiento. No solo una «maldad» individual.
3. Los testigos y cómplices: el eslabón que casi siempre se nos escapa.
En los vídeos se escucha a otras menores animando, riendo, grabando. El acoso rara vez es cosa de una agresora y una víctima. Hay un grupo alrededor que, con su silencio, su risa o su móvil en mano, sostiene la dinámica.
Prevenir también es trabajar con quienes observan, no solo con quienes agreden o son agredidas. Enseñar que no intervenir o grabar, en lugar de ayudar, también es una forma de participar.
4. La reacción defensiva de las familias: un síntoma, no una anécdota.
La madre de una de las menores implicadas amenazó con denunciar a quien compartiera el vídeo y rechazó que los hechos pudieran llamarse acoso continuado. Es un patrón que vemos con demasiada frecuencia: la familia de quien agrede se coloca en modo defensa antes que en modo responsabilidad.
Es comprensible desde lo emocional. Nadie quiere pensar que su hija ha hecho daño a otra persona. Pero esa negación es precisamente lo que impide la reparación y el aprendizaje real.
Aquí tenemos un rol clave como profesionales: acompañar también a las familias de quienes agreden, no solo a las de las víctimas. Sin ese acompañamiento, la negación se transmite a la menor como mensaje de impunidad. Y ese ciclo tiene muchas papeletas para repetirse.
5. La inimputabilidad no puede ser sinónimo de «no pasa nada».
Que las menores implicadas no puedan ser penalmente responsables por su edad no significa que no deba haber una respuesta educativa y terapéuticas. Y aquí es donde nuestra profesión tiene más que aportar que el sistema judicial: programas de responsabilización, de reparación del daño en víctimas e intervención con las agresoras para entender el origen de esa conducta, entre otras muchas.
Porque ese origen casi nunca aparece solo, casi siempre viene acompañado de otras carencias en su propio proceso emocional.
¿Qué podemos hacer como profesionales?
- Insistir en que la prevención se trabaja en la primera infancia, no en secundaria.
- Acompañar también a las familias de quienes agreden, no solo poner el foco en el castigo o la condena pública.
- Reivindicar programas reales de educación emocional y digital en los centros, con continuidad y recursos, no charlas puntuales.
- Recordar que cada caso mediático es una oportunidad para hablar de estructura y prevención, no solo de un episodio aislado.
Conclusión
Casos como el de Huelva debería dolernos como sociedad. Pero como Educadores y Educadoras Sociales tenemos una responsabilidad añadida: convertir ese dolor en algo útil. Preguntas incómodas sobre lo que falló antes y propuestas concretas para que la próxima vez, ojalá, no haga falta un vídeo viral para que alguien intervenga. Raquel Pérez.
